Última actualización: 22 de mayo de 2026, 21:11 UTC

Relato I · 6 min de lectura

La visita

La abuelita de Caperucita Roja espera visita.

El sábado amaneció con buen augurio: había salido el sol. Y, camino de la pastelería, la abuela de Caperucita se cruzó con la Reme, que tenía mala cara. Las dos cosas juntas eran lo más parecido a una señal divina que había recibido en los últimos meses.

—¿Adónde vas tan arreglada, niña? —dijo la Reme.

—A buscar pastas —dijo la abuela—. Tengo visita.

—¡Qué alegría! —dijo la Reme—. ¿Y quién viene?

—Quién va a ser, mi familia —dijo la abuela.

—Eso dijiste el mes pasado y yo no vi que viniera nadie.

—El mes pasado fue el mes pasado y hoy es hoy —respondió la abuela con cierto enojo.

—Diez euros a que no viene nadie —dijo la Reme.

—Los pierdes seguro —dijo la abuela.

La Reme no tenía hijos, lo que le dejaba mucho tiempo libre para llevar la cuenta de los hijos de los demás. Tenía un calendario. Nadie la había visto apuntando nada en él, pero todos sabían que existía.

De vuelta en casa, la abuela se acercó a la ventana con cuidado. Allí, en el banco de la plaza, la Reme ya se había aposentado, abanico en mano, mirándola directamente. La abuela se apartó, fue a dejar el colgante de teleasistencia en el cargador, al otro lado del salón. No por vanidad, que ya tenía setenta y cuatro años y la vanidad se le había ido gastando como los codos de una chaqueta. Lo dejó porque si la Reme la veía con el colgante puesto iba a pensar que lo necesitaba, y eso era exactamente lo que la Reme quería pensar.

Sacó el mantel bueno, puso la mesa, colocó las pastas en la fuente grande. Luego las recolocó por colores. Luego las volvió a colocar como estaban al principio, porque por colores quedaban un poco raras. Se acercó al sillón y lo miró. Cada vez le costaba más levantarse de él sola, y ya no lo usaba. Volvió a la cocina a comprobar que el gas estaba apagado, que lo estaba.

Dijeron que llegarían sobre las diez o diez y media. Querían salir temprano para evitar los atascos, lo que a la abuela le parecía una explicación perfectamente razonable aunque llevara once meses escuchándola. La vez anterior habían llamado el día antes para cancelar. La anterior a esa, esa misma mañana.

Volvió al salón. El sillón seguía junto a la ventana, en el mejor sitio para verlos llegar. Hoy no iba a estar sola. Se sentó.

Ya deben estar al caer, pensó.

Desde la ventana se veía el paseo y, al fondo, si uno miraba con suficiente optimismo, la carretera de entrada al pueblo. La abuela miraba con suficiente optimismo.

A las once, el sillón había dejado de ser estupendo. Intentó levantarse, no pudo. Miró de reojo hacia la plaza. La Reme seguía en el banco con el abanico. Volvió a intentarlo despacio, apoyando el brazo con cuidado, sin aspavientos. Tampoco.

A las doce menos diez sonó el teléfono.

La abuela lo cogió con la mano que no estaba agarrada al brazo del sillón.

—Mamá —dijo su hija—, no te lo vas a creer.

—No me digas —dijo la abuela, que sí se lo creía.

—Ha surgido una cosa. Ya sabes cómo es esto. El fin de semana que viene sin falta, te lo juro.

La abuela dijo que no se preocupara, que estas cosas pasan, que ya vendrían cuando pudieran. Lo dijo antes de que su hija terminara de explicar qué cosa había surgido, porque a estas alturas los detalles no cambiaban gran cosa y además su hija ya tenía bastante con lo que tenía.

—¿Estás bien? —preguntó su hija.

La abuela dijo que estaba muy bien. Se despidieron con el cariño de siempre, que era un cariño real aunque viniera en frases hechas. Colgó el teléfono.

Luego intentó levantarse del sillón. No pudo. Miró hacia la plaza. La Reme seguía allí.

Lo intentó de nuevo, apoyando el brazo despacio, sin aspavientos. Tampoco.

Se quedó quieta. Desde el sillón se veía la mesa puesta, el mantel bueno, la fuente con las pastas, los cuatro platos. Once meses era mucho tiempo para tener el mantel bueno guardado. Once meses era mucho tiempo para casi cualquier cosa. El colgante de teleasistencia, al otro lado de la habitación, parpadeaba con una lucecita roja.

Mira tú, pensó la abuela.

No tenía miedo.

El ruido en la cocina llegó un rato después. No era un ruido grande. Era el ruido de alguien que no quiere hacer ruido y no se le da especialmente bien.

El hombre que entró era delgado, llevaba una chaqueta oscura y se paró en seco cuando la vio. La miró. Luego miró la habitación.

—Pase, pase —dijo la abuela—. ¿Quiere un café? Las pastas son de hoy, las he traído yo esta mañana de la pastelería.

El hombre no dijo nada. Miró las pastas. Miró a la abuela. Miró la puerta de la cocina por la que había entrado y luego la puerta de la entrada, que estaba al otro lado y cerrada.

—Perdone que no me levante —dijo la abuela—. Es que ahora mismo no puedo. Si no le importa.

Él cogió una pasta. La masticó despacio.

—Son de hojaldre —dijo la abuela—. A mi nieta le encantan. Viene a verme, ¿sabe? Bueno, este fin de semana no ha podido, pero el que viene sí. Siempre surge algo.

El hombre no dijo nada. Miró la fuente.

—¿Seguro que no quiere un café? Tengo descafeinado también, si lo prefiere.

El hombre se levantó en silencio y se acercó al sillón.

—Ay, no, no me levante usted, que ya lo intento yo sola —dijo la abuela.

El hombre la ayudó a levantarse. La abuela, en cuanto estuvo de pie, pensó que desde la plaza se vería perfectamente una silueta en su salón. Se acomodó junto al sillón y señaló la mesa.

—Siéntese, siéntese. Que las pastas saben mejor con un café. Así me cuenta de dónde es, que yo no le he visto por aquí.

El hombre dio un paso hacia la cocina.

—Espere, espere —dijo la abuela—. O si lo prefiere una copita, que tengo anís del que trae el de la cooperativa.

El hombre se paró.

La abuela fue a buscar el anís. Puso dos copitas en la mesa, la fuente de pastas en medio, y se sentó. El hombre, después de un momento, se sentó también.

—Este anís lo traía el de la cooperativa —dijo la abuela—. Mi marido decía que era el mejor de la comarca, aunque mi marido decía eso de casi todo lo que traía el de la cooperativa. Que en paz descanse.

El hombre asintió levemente mientras daba cuenta de otra de las pastas.

—Fue leñador, ¿sabe? Toda la vida. Cuando nos casamos esto no era un pueblo, era cuatro casas y el monte. Él conocía cada árbol por el nombre, o eso decía. Yo nunca supe si era verdad o si se lo inventaba para impresionarme. —Hizo una pausa—. A estas alturas ya da igual.

El hombre seguía sin hablar, pero parecía estar prestando atención.

—Mi nieta se parece a él en eso, en que se inventa cosas para que todo suene mejor de lo que es. El fin de semana que viene sí vienen, me dijo su madre. Que si el que viene sin falta. —La abuela se encogió de hombros—. El que viene sin falta, el otro también. Así llevamos.

Él seguía dando cuenta de las pastas en silencio, asintiendo de vez en cuando mientras ella seguía hablando. En algún momento el banco de la plaza quedó vacío.

—¿Usted tiene familia? —preguntó la abuela tras haber dado amplias explicaciones de la suya.

Él hizo el ademán de levantarse.

—No hace falta que me conteste —dijo la abuela—. Era por hablar.

El hombre la miró, se bebió la copa de un trago y la devolvió a la mesa con cuidado. Luego se levantó y se dirigió hacia la cocina.

—Puede usted salir por la puerta principal si quiere —le dijo la abuela.

El hombre se detuvo un momento, como si dudara, y enfiló por el pasillo hacia la puerta principal.

—Entonces, ¿hasta el sábado que viene? —dijo la abuela.

El hombre cerró con cuidado la puerta tras de sí.

Junto a la puerta, el colgante de teleasistencia parpadeaba, con su lucecita verde, ajeno a todo, encantado de la vida.

Mañana le cobraría los diez euros a la Reme. Se iba a enterar la víbora esa.

Última actualización: 22 de mayo de 2026, 21:11 UTC